Víctor Mourgues Schurter: Antumapu de los antiguos

En esas mañanitas de la Quebrada Yo bajaba las cuestas como si nada Y en un marchar parejo de no cansarse Me iba pidiendo riendas mi mula parda.

Domingo 19 de noviembre, temprano y sin programa de Radio, mi mente repetía una y otra vez una canción antigua de los tiempos de los primeros antumapu. Para nosotros la Moza del Portezuelo, es una memorable canción de las lunas y noches cantoras de los difíciles años setenta.

Un mensaje de texto de otro antumapu, Roberto pimpón Cornejo, me levanta los recuerdos y me avisa el mensaje del canto. Falleció Víctor Mourgues luego de una larga lucha con el destino injusto. Los años jóvenes y la vida bullente se me vienen de golpe entre amaneceres de tintos navegados, giras de cantos interminables y caminos de fraternidad y amistad maravillosa. Eran los tiempos de las nostalgias por la libertad y de sueños juveniles interrumpidos por la irracionalidad.

Parezco mucho y soy poco Esperemos y esperemos Pa cuando salga de pobre Vidita y conversaremos

Víctor gran amigo y mejor persona, fue un antumapu entrañable. Sano entre los sanos, hombre entre los hombres, cantor entre cantores, forestal entre forestales, amigo entre amigos, compadre entre compadres. El flaco tenía un liderazgo tranquilo pero firme; su humor era creativo y especial. Su poesía asomaba sentimientos escondidos en la profundidad de su alma como orquídeas en el bosque. Ese músico de los primeros antumapu afianzó el charango y la guitarra, instalando los cantos argentinos entre nosotros; su sensibilidad afinó el sentido de las palabras en sus poemas de amores ocultos en el trasnoche. “Como dice que dijo” era su forma de comunicarse, con esa expresión profunda y nostálgica que hablaba en su guitarra.

Víctor hizo escuela en su profesión, en su afición y en su vida. Deja huellas imborrables en los caminos recorridos. No era como Serrat que hablaba de huellas en el mar; era de cosas concretas pero de nobles sentimientos, de amistades siderales que se hunden en la profundidad de los tiempos. No recuerdo de gente que hablara a escondidas de su tranco; no conocí personas que le transitaran en veredas opuestas.

La “creatividad y la pasión” se instalaron de manera profunda en su caminar por la vida. La creatividad reciclando esfuerzos para contener tormentas; la pasión arrullando la naturaleza nuestra en canciones de raíces tranquilas y amores profundos. Víctor era un enamorado de la vida, esa misma que le ponía pruebas difíciles que se enfrentaban a la potencia de su alma. No claudicaba ante las pruebas y habrá habido poderosas razones para dar curso a su partida. Sin dudas, ya estará en los brazos de su madre, ya tendrá afinada su guitarra para despertar mejores sentimientos en los cielos, y ya estará desafiando al destino para dar cursos mejores al futuro.

Víctor, amigo y antumapu antiguo, marchaste antes que el resto y como tantas veces lo hiciste tendrás que ocuparte de disponer todo lo necesario para acogernos a los que llegaremos atrasados para actuar en los nuevos escenarios. De seguro que las cuecas con estilo y las sambas nocheras se fundirán con el trino de los pájaros celestiales. Por mientras, nos conformaremos con tener otro ángel cultor que iluminará el camino más tranquilo de esta ruta transitoria, para llevarnos por la huella antigua que apunta hacia los mismos sentidos, latidos y sueños.

¿Dónde andará la moza del Portezuelo? ¿Están tristes o alegres sus ojos negros? Nunca le dije nada, pero qué lindo Siento un dulzor amargo cuando me acuerdo

Víctor nos encontraremos más temprano que tarde. No olvides decirle a don Atahualpa que los Recuerdos de El Portezuelo, una de tus canciones preferidas, tuvo un dueño casi absoluto en esta parte del mundo y que la conocíamos más por el flaco Víctor que por el maestro Yupanqui.

Ejalé! Que te vaya bonito!!!!